Era la época del carrete… Sí, he dicho bien y no “de la carreta” … Y en esta era, donde casi todo es digital, computadores, “copia y pega”, software, etc., con lo que eso significa en adelanto, posibilidades, rapidez y tanto más, mirar hacia atrás, en publicidad, es recordar lo que podríamos llamar la “época de la carreta”…
Y precisamente esa época, la del “carrete”, la que me tocó vivir cuando empezaba en este oficio y bastante tiempo después, que quiero escribir, aunque seguramente para muchos de los que me están leyendo, esto sea chino o algo casi pre-histórico, que navega entre las brumas del tiempo…
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De las grabaciones de sonido que escribo, pues; de lo que yo vi, de la habilidad de los técnicos, de la magia que hacían con sus manos, su increíble oído y precisión, de las máquinas grabadoras, las “grabadoras de carrete”, que eran las que les permitían registrar, almacenar y conservar los sonidos, en una cinta magnética de plástico, que venía enrollada, precisamente en un carrete, y de allí el nombre de estos aparatos.
Las primeras cintas de audio fueron de papel, pero este era demasiado frágil, endeble y se rompía con facilidad, hasta que allá por el año 1935, la firma BASF, presenta en la Exposición Radio Técnica de Berlín, la cinta magnética de plástico y esta es introducida luego al mercado. Retomando el asunto de los carretes y el sonido, cuando, redactor bisoño, fui por primera vez a un “estudio de sonido” donde se iba a grabar un comercial escrito por mí, y Willy Toledo –hoy fallecido – que era productor audiovisual de McCann entonces, me permitió acompañarlo, entré en lo que para mí era un mundo desconocido; supongo que algo así como visitar las instalaciones de Cabo Cañaveral, o ingresar, curioso, a una nave espacial… Puede sonar exagerado, pero era un mundo nuevo que estaba descubriendo. El fascinante mundo de la publicidad, que, confieso, nunca dejó de maravillarme.
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Allí estaban esos pocos “magos”, el locutor, la cabina de grabación, insonorizada, que se podía ver desde “los controles”, a través de una gran ventana, cuyo vidrio impedía el paso del sonido, el micrófono y en “los controles”, las dos grabadoras de sonido, con sus grandes carretes de cinta magnética, paneles con perillas y botones, un micrófono para hablar con el locutor, que estaba con los audífonos puestos y delante, en un atril, tenía la hoja con… ¡mi texto! Compréndanme: era mi primer comercial y estaba emocionado.
Grabaron la locución, la chequearon y Willy le pidió al locutor un par de precisiones en la entonación. Se volvió a grabar un par de veces, hasta que Willy dijo finalmente: “¡Queda!”
Después vino la “operación cirugía”, que consistía en “armar el comercial, poniéndole un par de efectos sonoros y un jingle corto para terminar; entonces, el técnico en sonido, puso una cinta para que escucháramos el jingle y nos hizo oír el par de efectos, que eran el sonido de un avión jet y el de una calle con tráfico y bocinas de vehículos. Entonces, “armó” el comercial, pegando con una cinta pegante (como “scotch”)d e color blanco, la cinta magnética marrón, donde estaba el efecto del tráfico callejero, para luego, a continuación, pegar la cinta con la locución y al final, pegar, de la misma manera el jingle. Toda esta “cirugía”, la hizo con un bisturí, en una regleta metálica que tenía delante, donde iba colocando los trozos respectivos de cinta magnética, unidos por la cinta pegante, para luego escuchar lo conseguido, hacérnoslo oír y esperar la aprobación; Willy la dio, mientras yo miraba embobado… Finalmente copió todo en una cinta magnética nueva y entregó el carretito, en una pequeña caja…
El comercial era de “Avianca” y se llamaba “El sonido de Nueva York”.







