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Columna

Estocolmo, Perú

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Ilustración: Erick Baltodano

Cuando nos podamos abrazar de nuevo. Cuando podamos volver a juerguear. Cuando podamos volver al estadio. Cuando podamos viajar. Cuando podamos volver a la oficina. Cuando podamos volver a clases. Cuando podamos volver a la normalidad. ¿Por qué esa obsesión con la normalidad, y por qué hablamos como si alguien nos tuviera que dar permiso para volver a ella? Hablamos como si un cautivo nos hubiera encerrado, y es cierto, porque tras cada hashtag hay un recuento de días, y los presos cuentan los días. Pero todo este tiempo le dimos al cautivo una identidad falsa: un pegamostro redondo verde con cuernos de jaxxes.

Como los rehenes de Estocolmo que empatizaron con su secuestrador y lo defendieron, simplemente asumimos que trabajar 8, 10 ó 12 horas diarias en una oficina era normal. Que llevar la laptop con trabajo a la casa a las 10 de la noche o el fin de semana era normal.

Que estar a tiempo completo por años en recibo por honorarios es normal. Que si un jefe acosa a una compañera es normal. Que si nos dice “gracias a mí comes” es normal. Que si debemos explotar lugares comunes o morbosos de la pobreza, la migración forzada o el feminicidio para una campaña sin compromiso es normal. Que una reunión de trabajo con 49 personas es normal. Nos enamoramos de un sistema de creencias y prácticas que nos estaban envenenando y no conforme con esto, creímos que debíamos defenderlo a toda costa porque sin él no sobrevivíamos. Creímos que “normal” y “sano” eran lo mismo.

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¿Vale la pena esa defensa? Se nos dice que la cuarentena fue el cautiverio que nos separaba de toda esta normalidad pre-Covid 19, y que tras el daño en el status quo, volver a este “mundo como lo conocemos” es realmente imposible, por lo que pasaremos a una nueva normalidad, o siguiendo con los anglicismos, “new normal” o “new next” que nacerá al final de la última semana de confinamiento nacional. Creo que en realidad, el cautiverio no estuvo en la cuarentena, sino en la era que la precedió. La cuarentena solamente fue un no-lugar, un momento de shock e incertidumbre/especulación para detenernos y generar awareness sobre el sistema que nos mantuvo secuestrados de nuestro verdadero potencial por décadas, para desaprender sus reglas y generar una nueva normalidad donde potenciemos la productividad desde el bienestar y la sostenibilidad, luchando por alejarnos de esquemas inequitativos y autoritarios.

Yo no quiero pedir permiso para volver a una normalidad que fue incubando -literalmente- un virus letal en sí misma. Quiero que el fin del encierro físico marque el despido glorioso de la normalidad tóxica, y el renacimiento a un nuevo normal en constante movimiento, jamás romantizable, donde tendremos que convivir con retos dolorosos, pero donde nunca más nos enamoremos de nuestra celda.


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Fundadora y Directora Ejecutiva de adthropologist

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