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Antivirus Mental / Columna

El bien y el mal

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Una persona mejora como decisor cuando se va habituando a discernir qué es mejor, a quererlo y, además, hacerlo. Así irá decidiendo mejor y, en lo que de ello dependa, disfrutará más de mejores consecuencias… será más feliz, en definitiva.

Pero, ¿qué es mejor y qué es peor? ¿Qué es el bien y qué el mal? Son cuestiones de profundo calado. Diré ahora que para distinguir el bien del mal, lo primero es pararse a pensar.

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Todos sabemos que la norma ética básica es “hacer el bien y evitar el mal”. Pero si no me paro a pensar cómo voy a distinguir el bien del mal. Así que me parece que la primera recomendación de la ciencia ética: “¡Pensá!”, “¡Párate a pensar!”

Bien, me paro a pensar, pero ¿a pensar en qué?, pues no se trata de ponerse a pensar en las musarañas.

Hace tiempo leí en un buen libro de ética las siguientes tres preguntas, que resumen muy bien el pensamiento práctico, el que sirve para guiar la vida:

1ª ¿Cómo creo yo que están las cosas?                                                

2ª ¿Cómo creo yo que sería mejor que estén?

3ª ¿Qué creo que yo puedo hacer para contribuir a que el estado de cosas mejore?

Las dos primeras preguntas invitan a diagnosticar. Suele haber problemas, y espacio de mejora, en uno mismo y alrededor. El mundo que nos rodea no es perfecto y tampoco uno mismo. Pero es perfecto que el mundo no sea perfecto, pues así nosotros podemos contribuir. En un supuesto mundo perfecto sería mejor no hacer nada. Las personas humanas somos perfeccionadores, decía Polo. Eso señala el Génesis: Dios creó al hombre para que trabajara, es decir, para que contribuyera a mejorar el mundo. Dios propone ese encargo al hombre. Todos tenemos tarea por delante. Nadie sobra, nadie está de más.

La tercera pregunta invita a la acción, y suscita dos consideraciones.

Primera, la ética me dice qué he de hacer yo, no qué deben hacer los demás. Pensar que alguien más debería hacer algo, sería una respuesta a la segunda pregunta; en cuyo caso, la pregunta personal sería ¿Qué creo yo que yo puedo hacer para lograr que ese alguien haga lo que yo pienso que él debería hacer?

Segunda: la respuesta debe ser una acción factible para mí. Si no puedo hacer nada, no debo hacer nada. Si puedo hacer algo, aunque sea poco, tal vez deba hacerlo. En cualquier caso, el bien es el bien factible. La ética nunca pide que yo haga algo que no puedo hacer. A veces, la ética me pide que haga cosas que pueden resultarme difíciles, pero difícil es una cosa e imposible otra. Lo difícil es posible, pues lo imposible no es difícil, simplemente no puede hacerlo.

Y para terminar, algo que habrá percibido el lector. En las tres preguntas se dice según “creo yo”. Lo que se me propone hacer no es el bien, sino lo que yo pienso que es bueno. Es verdad que me puedo equivocar y me equivoco de hecho a veces. Pero el error es inconsciente. Uno se hace malo, como vimos en otra ocasión, cuando hace lo que uno piensa que es malo. Si uno hace algo que consideraba bueno y posteriormente se da cuenta de que estaba equivocado, pues simple: corregir la respuesta a las tres preguntas, y rectificar la conducta.


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