Coca-Cola aplastó latas de aluminio para transformar su emblemático logotipo en distintas versiones deformadas, una intervención creativa que buscó incentivar el reciclaje sin perder el reconocimiento de su identidad visual.
En 2024, Coca-Cola llevó a cabo una de las intervenciones más inusuales sobre su identidad de marca. La compañía tomó uno de los logotipos más reconocibles del mundo y decidió mostrarlo doblado, arrugado y deformado, replicando la apariencia que adquieren las latas de aluminio después de ser aplastadas para reciclarse.
La acción formó parte de una campaña global enfocada en promover el reciclaje de envases y demostrar que, incluso alterando uno de sus activos más valiosos, la marca seguía siendo inmediatamente reconocible para millones de consumidores. En lugar de proteger su identidad visual de cualquier modificación, Coca-Cola convirtió esa transformación en el eje de toda la comunicación.
Cuando un logo deja de ser una firma para convertirse en el mensaje
En branding existe una regla no escrita: los logotipos no se tocan. Son uno de los activos más importantes de una marca y cualquier alteración suele evitarse para preservar el reconocimiento construido durante años.
Coca-Cola decidió romper esa lógica. Su tradicional firma en rojo apareció comprimida, torcida y deformada como si estuviera impresa sobre una lata recién aplastada. La intención era trasladar visualmente una acción cotidiana —comprimir un envase antes de reciclarlo— directamente al principal símbolo de la compañía.
La campaña se completó con el mensaje «Recíclame», una llamada a la acción que reforzaba el propósito de la iniciativa y conectaba el gesto de reciclar con la propia identidad de la marca.
El logo de Coca-Cola no fue alterado digitalmente
Aunque el resultado podría parecer una manipulación digital, el proceso creativo fue completamente físico. Para obtener las distintas deformaciones del logotipo, el equipo utilizó latas reales de Coca-Cola que fueron comprimidas mediante prensas mecánicas y sistemas de vacío.
Cada lata generó una deformación diferente, produciendo versiones únicas del emblema que conservaron las imperfecciones naturales del aluminio. Esa decisión permitió que las piezas transmitieran autenticidad y mantuvieran una conexión directa con el comportamiento que la campaña buscaba incentivar.
La creatividad fue desarrollada por Ogilvy New York, como parte del modelo Open X de WPP encargado de la comunicación global de Coca-Cola, apostando por una ejecución artesanal en lugar de recrear el efecto mediante inteligencia artificial.
Una campaña donde el branding reforzó el propósito
La iniciativa se integró a World Without Waste, la estrategia de sostenibilidad de Coca-Cola enfocada en impulsar una economía circular para sus envases. Más allá de comunicar compromisos ambientales, la campaña buscó convertir un hábito cotidiano en una acción fácilmente reconocible para el consumidor.
Desde la perspectiva del marketing, la propuesta demostró que una marca puede utilizar sus propios activos para comunicar un propósito sin perder consistencia. En vez de crear nuevos códigos visuales, Coca-Cola tomó el más importante de todos —su logotipo— y lo convirtió en el mensaje.
La campaña también evidenció la fortaleza de una identidad visual consolidada. A pesar de aparecer completamente deformado, el logotipo seguía siendo identificable de inmediato, confirmando que el verdadero valor del branding no reside únicamente en su forma perfecta, sino en la memoria que ha construido en la mente de las personas.










