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Instagram como mundo de fantasía

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José Luis Orihuela, docente internacional del Programa Especializado en Marketing Digital Estratégico de la Universidad de Piura, comparte un enfoque distinto sobre Instagram y su influencia en la identidad de sus usuarios.

Aunque se ha convertido en la plataforma favorita de los adolescentes para compartir fotografías y videos de momentos selectos de sus vidas y divertirse en un mundo idealizado, Instagram requiere ser tomado en serio porque de modo creciente define la identidad de sus usuarios, modifica sus experiencias vitales y conforma sus expectativas de felicidad.

Instagram define nuestra imagen

En las redes sociales, la identidad y la imagen del usuario se definen tanto por lo que cada uno dice de sí mismo (en el perfil de su cuenta), como por los contenidos que comparte (en su timeline) y por las percepciones y valoraciones que su actividad genera en los demás (reputación).

El elemento central de ese trípode sobre el que se articula la identidad digital es el valor que el usuario aporta a la red a partir de lo que publica. En este sentido, las fotografías compartidas por un usuario a lo largo del tiempo en Instagram constituyen un mosaico que define la identidad que ha decidido mostrar de forma mucho más elocuente que la descripción de sí mismo que incluye en la biografía.

Los fragmentos de nuestra vida que decidimos compartir en las redes revelan, y a la vez ocultan, mucha información acerca de quiénes somos, qué nos gusta, qué nos falta y quiénes querríamos ser. Hay una evidente huella aspiracional en cada fotografía que se publica en Instagram, y en su conjunto todas esas fotos conforman una máscara o un disfraz con el que de forma intencional nos presentamos socialmente.

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Instagram modifica las experiencias vitales

En este contexto, resulta saludable examinar hasta qué punto estamos forzando nuestras experiencias vitales para poder recortar fragmentos mostrables que compartir con nuestras comunidades en línea.

La experiencia, desgraciadamente cada vez más habitual, de contemplar a los visitantes de un museo o a los espectadores de un torneo que han decidido intermediar su presencia mediante la cámara de un teléfono, en lugar de disfrutar “en directo” del arte o el deporte que tienen delante, es otra característica del mundo hiperconectado.

Pero además, el registro no es suficiente si no se comparte inmediatamente. Y una vez compartida, la “experiencia vital” recién parece completarse con el reconocimiento social en forma de likes y comentarios, sin los cuales es como si la foto no se hubiera publicado o, pero aún, como si la propia experiencia no hubiera tenido lugar.

Por otra parte, el mismo fenómeno de las selfis, en las que el fotógrafo se convierte en protagonista de sus imágenes, necesariamente altera momentos y lugares para construir una escenificación autobiográfica en la que la ejecución del registro digital sustituye al disfrute de la vivencia personal.

Instagram construye un mundo ideal

La cuidadosa selección de objetos, vestuarios, localizaciones y personajes que se enmarcan en un frame cuadrado y sobre el que se aplican todo tipo de filtros, hace de Instagram un mundo hiperdiseñado, construido para ser mostrado.

Existen, incluso, instalaciones dispuestas como decorados para que los visitantes puedan tomarse fotografías con las que sorprender a sus seguidores, como un simulador del interior de un jet (Private Jet Experience en Los Ángeles) o las salas de fantasía de Eye Candy en Toronto, que recrean las figuras imposibles de Escher o escenarios de la televisiva Emerald City.

Un mundo ideal, de momentos perfectos y de belleza diseñada, no debería convertirse en el baremo de felicidad de una vida lograda. Instagram es un mundo de fantasía armado con imágenes aspiracionales que convierten a la realidad en un parque temático para la vista.

Así como en Instagram aplicamos filtros para mejorar la calidad de las fotografías, también tenemos que acostumbrarnos a aplicar filtros mentales al interminable flujo de imágenes ideales que nos ofrece para poder ajustar un poco la viabilidad de nuestras expectativas de felicidad.


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