En 1954, la CIA produjo la primera versión en película de «Rebelión en la granja», convirtiendo a la cinta en parte de la propaganda antitotalitarista que EEUU usó en la Guerra Fría

¿Quién podría imaginar que una película infantil podría estar cargada de propaganda anticomunista? Aunque parezca utópico esto no se aleja de la realidad. Una muestra de ello es el film «Rebelión en la granja», estrenada en 1954, basada en el clásico literario que lleva el mismo nombre, escrito por George Orwell en 1945 y que a partir de su publicación eventualmente estuvo inmerso en la vida escolar de adolescentes de todo el mundo, sobre todo de Reino Unido.

La obra «Rebelión en la granja» más que ser una novela corta o infantil es un cuento largo que, además, podría ser considerado como un exponente antitotalitarista de la literatura universal. Por esa razón, es importante tener un preámbulo del texto antes de proceder a hablar de la cinta animada que, por cierto, fue versionada también en 1999.

La obra de George Orwell

Las páginas del texto esconden bajo la imagen de una simple granja una ruda crítica al nazismo y, sobre todo, el comunismo de lo que fue la Unión Soviética (URSS). Entre los animales de la granja se reflejarían los protagonistas de esta revolución. Los cerdos, por ejemplo, serían los líderes revolucionarios que luego se convirtieron en casta tirana; el caballo, representaría a la clase obrera explotada; y las ovejas y las aves la personificación de las masas analfabetas. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

El libro es un llamado al respeto de la libertad de expresión. La imposición de siete mandamientos -determinados luego de que los animales derrocaron a los humanos que gobernaban la granja y tras la toma del liderato del grupo porcino-, es la clara denuncia que este derecho fundamental era cercenado.

Los siete eran: Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo; todo lo que camina sobre cuatro patas, o tenga alas, es un amigo; ningún animal usará ropa; ningún animal dormirá en una cama; ningún animal beberá alcohol; ningún animal matará a otro animal;  todos los animales son iguales. De estos, con el avanzar de los años solo uno quedó en vigencia, aunque con algunas modificaciones: Todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros.

Estas y otras razones bastaron para que su publicación fuese prohibida en Inglaterra, país que no soportaba que objeciones, mucho menos tan furibundas, fuesen disparadas contra su entonces aliado soviético (en ese momento es nación era aliada de la URSS en la lucha contra los nazis durante la II Guerra Mundial). En Estados Unidos (EEUU), en cambio, sí tuvo una gran acogida, sobre todo por su carácter anticomunista, argumento que catapultó el texto a la gran pantalla y a la TV.

Toques técnicos a Rebelión en la granja

En 1954, nueve años después de haber publicado «Rebelión en la granja» Orwell falleció. En ese entonces la compañía Halas and Batchelor, que se  encargaba de despachar todo lo que fuese producción de propaganda bélica, recibió una llamada del director norteamericano Louis de Rochemont en la que les aseguró tener los derechos de la obra de Orwell y una idea muy avanzada del guión.

Louis de Rochemont actuaba como tapadera para la agencia de inteligencia estadounidense. Así lo explicó la periodista Frances Stonor Saunders para su libro La CIA y la guerra fría cultural, y luego lo confirmaría la propia agencia.

La CIA fue la verdadera productora de la cinta. Es más, tras la llamada del director, Halas and Batchelor contó con US$300 000 dólares de presupuesto y 80 animadores para llevar el clásico literario a la gran pantalla, aunque con algunos retoques de la obra original.

Los retoques consistieron en hacer al régimen de los cerdos más cínico. Otro de ellos fue hacer que «Snowball», el cerdo que luchó contra «Napoleón», el dictador porcino que se hizo del poder de la granja, fuese menos justo y equitativo que en la novela. De acuerdo al libro de la comunicadora, Snowball en la versión audiovisual  debía ser un «intelectual fanático cuyos planes, si se hubiesen llevado a cabo, habrían llevado a un desastre no inferior que al que los animales llegaron bajo el régimen de Napoleón».

Propaganda antitotalitarista

La guerra fría también, iniciada en 1947 y finalizada en 1989, se vivió en el ámbito cultural y esto se evidenció en lo «toques técnicos» sugeridos por la agencia para el film que los animadores no tardaron en aceptar.

En este contexto tanto el escrito como la cinta, una vez se estrenó, se convirtieron en parte de la maquinaria que EEUU usó para mostrarse al mundo como una satélite capitalista que estaba abierto a todas las ideas. La nación norteamericana promocionaba, aunque no directamente, a intelectuales de izquierdas pero democráticos y anticomunistas.

Es así como la crítica a la manipulación que los gobiernos autoritarios ejercen sobre sus pueblos se volvió más que diáfana en la cinta. En medio de un contexto de guerra miles de millones de personas apreciaron, a través de una cinta «infantil», cómo en una sociedad en el que las autoridades abusan de las leyes se cercena la educación y se lanza por el voladero el desarrollo de proyectos, se amedrenta a la libertad de expresión y, por supuesto, no se usa la meritocracia como método para el ascenso social, sino el de adoctrinamiento.