Te traemos el relato en primera persona de Antonio Bechtle, publicista peruano residente en Lituania, quien nos cuenta como se vive el conflicto Rusia-Ucrania desde el país vecino y cómo ha enfrentado la ansiedad de estar tan cerca de la invasión y la guerra.

Mucha propaganda para un mal producto

Hace unos días acepté la invitación de mi socia y su marido para ir a visitarlos a Pervalka  (Lituania), un pueblito de no más de treinta casas, ubicado en una franja delgadísima de dunas y bosques que se escurre entre el mar Báltico y el Lago de Curlandia, perdiéndose un puñado de kilómetros más allá, detrás de la frontera con Kaliningrado (Rusia). Era su tradicional refugio de invierno, y ahora ofrecían alojarme por una semana en un departamento extra que tenían cerca al de ellos. “Es un lugar mágico, ideal para que te relajes” me dijo Dalia, mi socia, aludiendo tácitamente a los fuertes problemas de ansiedad que comencé a sufrir desde hace varios meses atrás.

Arco Iris sobre el Itsmo de Curlandia, Pervalka.

Ni bien llegué, me llevaron a explorar los alrededores. Las dunas se entremezclaban con los bosques de pinos, creando paisajes surrealistas, habitados por pájaros invisibles y jabalíes escurridizos. Las orillas congeladas de los pantanos crujían bajo nuestros pies, mientras espantábamos sin querer a zorros y ciervos lejanos. Cruzamos hacia la playa. El mar Báltico, normalmente tranquilo, se sacudía como un animal salvaje, mientras el viento rugía al golpear nuestras capuchas. Era como enfrentarte a un Apocalipsis amigable. La controlada violencia de la naturaleza, en vez de alejarnos, nos hacía sentir parte de ella.

A pesar de que no me eran ajenas en ese momento, durante esa caminata no pensé ni por un instante en las tensiones entre Ucrania y Rusia. La verdad es que no me preocupaban demasiado. Tengo trece años viviendo en Vilnius, la capital de Lituania, y en todo ese tiempo no hubo un solo momento en el que no hubiera sentido la tensión de tener a Putin al lado. Ninguna novedad.

Casas en Pervalka.

Todos los años era lo mismo: amenazas, maniobras militares sospechosas en la frontera, bombardeos de propaganda saturada de mentiras burdas buscando azuzar a la población rusa en el país, entre otras perlas. Y es que Putin no es de los vecinos que vienen a pedirte una tacita de azúcar: él viene con matones a informarte que tu casa no es tu casa. Y de ahí le echa la culpa a EEUU y a su propaganda de que sus vecinos quieran ser parte de la OTAN. Además, el producto que está detrás de la propaganda rusa es malísimo: una sociedad con libertades limitadas, donde está prohibido ser gay o protestar contra el gobierno, donde la corrupción es el pan de cada día, gobernado por un dictador totalitario que envenena a sus opositores y no duda en usar violencia extrema contra cualquier manifestación popular en sus calles. ¿Quién va a comprar eso?

Luego de una primera noche en la que dormí como un bebé, me levanté con la noticia de que Putin había invadido la región ucraniana de Donbas. “Los rusos de esa región están siendo agredidos por ese gobierno neonazi y necesitan ayuda”. Otra vez el mismo disco rayado. Años escuchando a su propaganda mintiendo con total desparpajo, diciendo que en Lituania el gobierno fascista abusa de los habitantes rusos, al igual que en Letonia y que en Estonia. Lo dijo también como pretexto para invadir Georgia en el 2008 y Crimea en el 2014.

Debo confesar que, a pesar de que me dio mucha pena el que Putin vuelva a quitarles parte de su territorio de una manera tan cavernícola, pensé que todo quedaría ahí, que sería otra Crimea, y que, al igual que aquella vez, nadie haría nada al respecto y todo volvería a la normalidad.

Pero al día siguiente la invasión masiva de Ucrania se inició. Mi socia me tocó la puerta, preocupada, con lágrimas en los ojos. Y es que antes de esto pensábamos que conocíamos los límites de la locura de Putin, pero ahora entendimos que no teníamos la menor idea de lo que sería capaz. Y si estaba lo suficientemente loco, nosotros seríamos los siguientes, sin lugar a dudas, con la OTAN o sin ella.

Dalia y Antonio viendo el discurso de Biden, Pervalka.

De repente, Pervalka pasó de ser el lugar ideal para relajarse a ser carne de cañón justo al lado de Kaliningrado, donde Rusia tiene estacionada una inmensa cantidad de tanques y artillería pesada, además de una potente flota en el mar Báltico. De nada, ansiedad.

En los días subsiguientes, tratamos de no pensar mucho en ello, pero fallamos estrepitosamente. Mientras caminábamos bajo la sombra de altísimos pinos, con el musgo acolchando nuestros pasos, elaboramos un plan de escape, que implicaba tomar un bote hacia el otro lado del lago, evitando pasar por el puerto de Klaipeda que seguramente sería el primer objetivo del enemigo, y tratar de alcanzar la frontera con Polonia antes de que la bloqueen los tanques rusos. Un pájaro carpintero comenzó a picotear un árbol cercano, como una pequeña ametralladora.

Hoy, días después, el mar Báltico nos recibió tranquilo, con cuatro buques de guerra lituanos, patrullando la frontera. Por un lado, me sentí más seguro. Pero por el otro, no pude evitar que el sabor de la inminencia de la guerra se impregnara en mis papilas.

Barcos de guerra cerca de la frontera con Kaliningrado.

La verdad, no sé si para cuando este texto salga a la luz la guerra va a seguir a mi costado, o va a estar encima mío. Y no tener la certeza de absolutamente nada es lo que más jode. Tengo la suerte de tener amigos en algunas ciudades del Oeste de Europa que me ofrecen sus casas, me dicen que vaya, por si acaso, hasta que todo pase, pero la cosa no es tan fácil.

Tengo una agencia en Lituania, muy joven y muy pequeña, con clientes bajo contratos de varios años. Si me voy, estaría abandonándolos. Si me voy sin un pretexto, claro está. Por ahora, todos actúan acá como si no pasara nada. Irse no está muy bien visto. El problema es que, para cuando haya una razón evidente, ya va a ser demasiado tarde.

Pero debo ser sincero: esa no es la verdadera razón por la que dudo sobre irme. La verdad es que no me quiero ir. Vilnius es mi casa. Es una ciudad pequeña, de medio millón de habitantes. Cuando caminas por la calle, te saludas con la gente, porque todos nos conocemos.

¿Se imaginan la impotencia que me daría el ver por las noticias, desde la seguridad de otro país, las calles de mi barrio bombardeadas, y a mis amigos peleando por defenderlas?¿Se imaginan ver, desde el tren con asientos acolchados en el que te estás escapando, a tu vecino, o a tu ex, o a tus alumnos, peleando en la calle contra los tanques rusos? Porque, créanme, eso es lo que va a pasar si los invaden. Esta gente luchó contra el ejército soviético para lograr su independencia y ganó. Y lo volverían a hacer.

La decisión de irme es algo que no pasa por mi garganta así nomás, ni con agua. Es muy difícil. Quizá lo haga, pero quizá no. Es difícil aceptar tu cobardía cuando estás rodeado de gente valiente.

Mientras tanto, sigo actuando como si nada pasara, descansando tensamente en un paraíso que se arrulla con los ronroneos de los tanques de Kaliningrado.

Violinista en Nida, Lituania. La frontera con Kaliningrado está en algún lugar de ese bosque que se ve detrás de él.

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Rossy Alarcón

Especialista en Periodismo Digital. Comunicación corporativa, de marca y RRPP. Contacto: [email protected]