Fad Juventud de España lanza una acción que utiliza códigos del comercio digital para evidenciar cómo los discursos de odio se integran en la vida cotidiana de adolescentes y jóvenes.
La normalización del odio entre jóvenes ya no se expresa solo en agresiones directas, sino que también circula en bromas, comentarios cotidianos y etiquetas que se repiten hasta perder gravedad. Frente a ese escenario, Fad Juventud decidió intervenir desde un terreno familiar para las nuevas generaciones con el universo de las marcas, las compras online y las tendencias que se consumen sin cuestionamiento.
La campaña «El odio deja marcas» propone una lectura crítica sobre cómo ciertos discursos discriminatorios se incorporan al lenguaje diario con la misma lógica con la que se adopta una moda. El punto de partida no busca señalar culpables, sino abrir una conversación sobre decisiones aparentemente inofensivas que, acumuladas, construyen entornos excluyentes.
Fad Juventud y la tienda ficticia para evidenciar un problema real
La acción central se articula a través de una plataforma digital que simula un e-commerce. En ese espacio, distintas formas de odio aparecen representadas como si fueran productos de marca, una metáfora que apunta a revelar la facilidad con la que estos discursos son «adquiridos» y se reproducen sin reflexión previa. La experiencia obliga al usuario a detenerse y reconocer expresiones que suelen pasar desapercibidas en conversaciones cotidianas.
Además de la plataforma interactiva, la campaña integra piezas audiovisuales pensadas para circular en entornos digitales. Videos breves, contenidos extendidos y materiales vinculados al podcast «Eh Universo» amplían la discusión y abordan distintos tipos de discriminación desde un enfoque cercano y pedagógico, alineado con los códigos narrativos que predominan en redes sociales.
El desarrollo creativo estuvo a cargo de la agencia Getting Better, en colaboración con Fad Juventud y con respaldo institucional. Asimismo, la difusión se apoya en hashtags que invitan a cuestionar lo que se consume y reproduce en el día a día, trasladando la reflexión al espacio donde muchas de estas violencias se originan y se amplifican.










