Mil voces

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Una sola voz, mil voces: Mi voz …

Ser redactor publicitario es como tener mil voces diferentes y decir distintas cosas con cada una de ellas. Pero esas voces son mi propia voz. Una voz que es anónima y toma el tono de cada una y dice algo distinto cada vez.

Al escribir, uno tiene lo que se llama “estilo”, es decir, el modo en que se escribe, que puede ser reconocible. Esto al hacer literatura o para comunicaciones personales, pero el redactor publicitario NO DEBE TENER ESTILO, cosa que no es sencilla. Ha de dominar el idioma en el que escribe y hacer que la comunicación llegue, sin errores, sin “tics”, usando modismos solo en caso muy necesario y en general, ateniéndose a las reglas ortográficas o rompiéndolas a propósito, para llamar la atención.

Inventar palabras es otra habilidad que debe desarrollarse, pero hay que tener el cuidado necesario para que se entiendan y no resulten barbarismos incomprensibles que lo único que lograrán es desconcertar al lector y alejarlo, cuando lo que la publicidad tiene que hacer, es atraerlo.

Esa voz que el redactor publicitario presta al producto o servicio, TIENE QUE SER la voz “del cliente”; así se pasará de la voz de un detergente, a la de un cereal, una marca de ropa, un seguro de vida o la de una pastilla para el dolor de cabeza. Muchas, incontables voces, en una sola voz, que debe saber diferenciarlas a todas, darles personalidad, atributos y lo que es más importante: hacer que cada voz sea única, diferente, que atraiga y convenza.

Hay que cambiar constantemente y esto no es fácil. Se requiere tiempo, dedicación, atención y esfuerzo. Puede sonar presuntuoso, pero no cualquiera que escriba puede hacerlo, en forma sostenida, para publicidad. Es importantísimo que, al redactor publicitario, le guste lo que hace, porque está dando su voz a otros, para atraer y convencer a muchos.

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