“Ahora… ¡cuéntamelo a colores!”

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Es una expresión que demuestra incredulidad, porque se supone que lo escuchado, ha sido dicho “en blanco y negro”, o sea “básico” y necesita de los colores para ser “más real”, para que uno lo crea.

Cuando yo empecé en publicidad, la televisión era en blanco y negro (con matices de gris, claro) y las películas para los comerciales se hacían en film blanco y negro. 

En los estudios de televisión la escenografía era pintada en blanco, negro y tonalidades de gris y en el vestuario no importaban los colores, prefiriéndose los que contrastaran bien. Al parecer, era bastante más simple que hoy, pero hay que tener en cuenta que se “pensaba en blanco y negro”, porque este iba a ser la combinación que el espectador de la famosa “pantalla de plata” vería.

Digo que “parece” más simple, porque había que reducir el mundo real, de múltiples colores y “sugerirlos” con únicamente dos. Imaginémonos que la protagonista tuviera un vestido de color rojo (incluso hay una canción: “La del vestido rojo”, de Carlos Rigual – de “Los Hermanos Rigual” -músico y compositor cubano) y que fuera muy importante. El vestido se vería en blanco y negro, por lo que habría que hacer referencia siempre al color rojo, para que ese gris oscuro que se veía en la pantalla, se transformara en rojo atrayente en la imaginación del espectador.

Si era necesario, había que nombrar los colores, explicitándolos, porque esa era la forma de “traducir” una impresión que no se percibía en realidad. Por ejemplo, una cerveza “doradita” en blanco y negro, podía ser agua normal y corriente, pero para que se percibiera dorada y la imaginación trabajara, había que calificarla con el color dorado de una “chela” verdadera (y la espuma ayudaba visualmente, por supuesto)…

 

Todo esto que ahora puede parecer intrascendente, requería una habilidad que ya no se necesita y que en ese tiempo se adquiría automáticamente. Pensar en colores y traducirlo al blanco y negro, porque así se vería… ¡Fruslerías!, dirán, pero así era “antes”…

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