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PODER Y AUTORIDAD: DOS CARAS DE LA MISMA MONEDA

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Diecisiete años del lado del anunciante me dieron una visión diferente de las cosas. Entendí el compromiso con el negocio, con la marca, el orgullo del liderazgo, la presión de la competencia. Y ser “el cliente” también me dio PODER. El poder de asignar los recursos. El poder de decir qué está aprobado y qué debe volverse a hacer, parcial o totalmente. El de garantizar la continuidad de la agencia por su capacidad de cumplir con los objetivos que yo le había trazado. El poder que creemos suficiente para convertirnos en la AUTORIDAD.  Aunque tantos años en ese rol me ayudaron a entender que ejercerla pasa por mucho más que sólo tener aquel poder. 

La autoridad se gana con actitud. Actitud en la exigencia por el análisis profundo.  En la rigurosidad en la discusión y en los procesos. En la calidad del resultado. Pero, sobre todo, en el respeto por el trabajo de las personas.  El de nuestros colegas y proveedores.  Los años, algún buen jefe y mi experiencia en agencias, me enseñaron a entender a quienes entregan su pasión y su talento en procura de un producto creativo destacado y de la obsesión por el reconocimiento. Esos aprendizajes y una esforzada carrera, me permitieron tener no solo poder, sino también ganar autoridad. Y habiéndolo comprendido, intenté transmitir a mis equipos lo que es la autoridad soportada en el respeto y la valoración a nuestras agencias, a su trabajo y a su gente.

Mi reciente regreso al mundo de las agencias, me trajo rápidamente a una realidad que no recordaba. La del abuso del poder.  Del poder que se impone por la fuerza del cargo y no por la autoridad conquistada. En algunos casos, por jóvenes impetuosos que por representar exitosas empresas –aunque en realidad hubieran hecho poco o nada por convertirlas en eso- y, en otros, por departamentos de compras de estas compañías que, a veces sin ningún conocimiento, maltratan a sus agencias, haciéndoles pedidos irracionales, en tiempos ajustadísimos, con briefs carentes de un objetivo claro y con presupuestos ridículos. Y esto sin duda, genera relaciones conflictivas desde el comienzo de la relación, donde el rasgo más saltantes es el autoritarismo que es diferente a la autoridad. 

Sin duda, hay mucho trabajo por hacer y mucho más por aprender.

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