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LOS PELIGROS DEL CLICK

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Un relato que revela cómo es que las apariencias engañan

Verano. Era de noche y me alistaba para una fiesta. No tenia muchas ganas de ir, estaba en pleno luto de casi un año y días de decepción amorosa: solo tenia ganas de mirar a las palomas comer, como dice la canción de Calamaro, pero en versión parque Saenz Peña y con galleta Integrackers a falta de pan en mi casa. 

Mi hermano insistia “te van a salir raíces de quedarte todo el fin encerrada, ven a mi casa hacemos unos previos con unos amigos y nos vamos a la fiesta”. A regañadientes, hice mi entrada triunfal a mi primera reunión mixta en versión soltera, seguía de negro por mi luto pero, esta vez en jean pegadito y body (la tristeza por lo menos había traído buenas consecuencias en mis medidas). 

La gente llegaba y me sentía desubicada, tomando grandes sorbos de Grey Goose (soy vegetariana pero me encanta el ganso :). De pronto , como diría Piolin “Me pareció ver un lindo gatito”. Parecía que él también me había visto, porque no tardó en hablarme toda la reunión y escoltarme rumbo a la fiesta, que era muy cerca. 

Me dijo que le encantaba la publicidad, que leía mucho, que a pesar de trabajar en una importante empresa no dejaba de disfrutar un buen emoliente en carretilla. No tenia que decir más, hice click. Llegamos a la fiesta y, de pronto, “Lagrimas” de Roberto Blades, una de mis salsas favoritas a todo parlante. “Encima baila salsa y le gusta”, decía en mi mente para no parecer loca, obvio. 

Me llevó a mi casa con la promesa de vernos el martes para comer .“Como los unicornios”, cantaba yo; a penas se cerró el ascensor no pudiendo creer tanta maravilla junta. 

Llegó el martes a la hora acordada. El domingo y el lunes habíamos cruzado un par de correos, pero la efervecencia se había bajado un poco. Lo vi, me vio, con luz de lámpara de 7 p.m. luego de la jornada laboral, yo lo miraba con rabillo del ojo, mientras caminábamos al restaurante tratando de reconocer a mi lindo gatito que más parecía don Gato con la chompita que me saco. 

Nos sentamos, pedimos un par de tragos y comenzó la charla con una pregunta sorprendente: “ ¿Tú crees que cuando uno ama, debe dejar ir, no?" Ante mis ojos despistados prosiguió: “lo que pasa es que en estos días compré tu libro “La familia chan chin” para conocer más acerca de ti, y al final, los chanchos que, en realidad son eructos, saltan a la torta y abandonan la barriga de Fernanda, la niña protagonista.

Me pareció interesante tu concepto del amor, me preocupa establecer una relación contigo. Parece una persona poco comprometida”. No dijo más o dijo mucho, en realidad, pero yo no escuché. Solo me repetía en la cabeza: "qué rico loco me encontré”. No nos vimos más como era evidente. 

Sí pues, hice click con todo, pero cuando desplegué el banner, para ponerlo en términos publicitarios, el contenido no era lo que yo esperaba. Esta historia pasa también en el mundo del marketing todos los días y a toda hora. 

Nos esmeramos en hacer un banner de impacto o un titular jalador pero, muchas veces nuestro contenido no tiene nada que ver con lo que espera el cliente.

El efecto es, incluso, peor a que nunca nos hubiera "clickeado", porque ahora resulta que está molesto con nosotros p

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