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DE GRANDE QUIERO SER DIRECTOR DE PUBLICIDAD

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Cuando todavía estaba en el colegio mencioné que quería ser director de cine. Acababa de ver “Buenos Muchachos” con mi viejo y solté la idea como quien suelta que quiere ser astronauta. Era casi un chiste personal y recién cuando entré a la universidad para estudiar periodismo, me di cuenta de que efectivamente existía esa remota posibilidad. Cinco años después me había graduado con una especialidad en cine y televisión, y al poco tiempo comencé a trabajar en algo que no estaba dentro de mis opciones vocacionales: publicidad. Jamás se me había pasado por la cabeza hacer comerciales y estoy seguro que no debe existir un solo niño que diga, “de grande quiero ser director de publicidad”. En mi primer año publicitario, había pasado de escuchar la clásica pregunta “¿director de cine como Steven Spielberg?” a una un poco más aterrizada “¿Tú has hecho la propaganda del monstruo en computación?”.

Afrontémoslo: para los televidentes peruanos lo que nosotros hacemos son propagandas. Y más allá de la retórica que utilizamos dentro del medio (llamamos a los comerciales “piezas” o “películas” y hasta nos damos el título de “directores de cine publicitario”) o de los premios que han ganado nuestras “películas”, normalmente el espectador local tiene una percepción bastante negativa del quehacer publicitario. Y es que uno crece maldiciendo esos minutos de interrupción al queridísimo “Chavo del Ocho”, preguntándose por qué esa señora habla de su detergente como si estuviera teniendo un orgasmo, por qué esa familia sonríe de manera tan idiota, por qué esas vecinas tienen diálogos de texto escolar de primer grado, por qué un chiste tan malo se tiene que transmitir a nivel nacional, por qué alguien le canta a su jarabe contra el estreñimiento o por qué la mayoría de las amas de casa peruanas tienen la voz de Mónica Sánchez. Un profesor de matemática decía medio en serio medio en broma: “una cosa es que me interrumpan para decir algo interesante y otra para decir tonterías. Así que por favor no me interrumpan”.
 

Es cierto, hay comerciales – muy pocos – que hacen que la interrupción pase a segundo plano. Spots divertidos, conmovedores, impresionantes, que por fin tienen algo que decir y logran despertar del letargo al espectador. Algunos incluso son tan exitosos masivamente, que se vuelven tema de conversación fuera de la pantalla, dejando como una mala excusa el clásico prejuicio de “Es que como el comercial va dirigido a las amas de casa (o también segmento CD) tiene que hacerse APB” (A Prueba de Brutos, que en buen cristiano quiere decir aburrido, tonto, soso, sin gracia, fuera de la realidad, o todas las anteriores). Pero si estos comerciales son la prueba fehaciente de que se puede interrumpir al espectador sin que te miren mal, ¿por qué se siguen repitiendo los mismos patrones que hacen que los televidentes detesten casi toda la tanda nacional?

Aquí cuatro posibles razones que seguro no serán las &uacu

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