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COLUMNA

Más allá del producto

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Desde que tenemos uso de razón, los seres humanos hemos tenido la necesidad de decidir entre uno u otro producto, la mayoría de veces con diferencias casi imperceptibles que hacen de decidir una tarea titánica. Incluso en las épocas de las cavernas, los Homo sapiens despertaban para lidiar con la idea de si cazar en tal o cual región, o si comer de una fruta u otra.

No obstante, por naturaleza, el ser humano es de por sí indeciso. No me malentiendan, es genial tener la posibilidad de elegir, por ejemplo, dónde comer un fin de semana. Pero, seamos honestos, ¿a quién no le ha pasado que tiene tantas opciones muy parecidas que llega un momento en el que ya no sabe qué elegir? La mayoría de personas, y me incluyo, nos abruma tomar decisiones. Ni bien amanece, tienes que escoger  qué tomar de desayuno, qué ruta tomar para ir a tu destino, etc. Por eso, los aplicativos que ‘simplifican’ la toma de decisiones, o que las toman por ti, tienen tanto éxito últimamente.

La toma de decisiones es algo mágico e inherente al ser humano, somos los únicos seres vivos capaces de hacerlos, ya que los animales, plantas y otros sólo pueden actuar por instinto. Agradecidos como estamos, por haber recibido el don de decidir, hubo un punto de quiebre en la historia en que alguien, o más bien, un grupo de visionarios, decidieron facilitar a los consumidores la elección de productos.

Desde el siglo 3 a.C., los antiguos ganaderos hacían marcas a su rebaño para poder identificarlos y evitar que les roben. Inspirados en esta práctica, y con el fin de diferenciarse en un mercado anárquico, los fabricantes comenzaron a marcar sus productos. Los ejecutivos notaron la importancia de dar nombre a sus productos por medio de términos e íconos. Es así como nace la primera marca de la historia, la cerveza inglesa “Bass”, que se registró bajo la palabra “marca de cerveza” en 1875.

Con el paso del tiempo, empresas que hoy son multinacionales como P&G y Unilever se atrevieron a aprovechar el potencial de las marcas para cambiar el juego. Fortalecieron sus estrategias de marketing, utilizándolas para crear vínculos con los consumidores y así desarrollar experiencias extraordinarias más allá del producto. Y aunque en un inicio pecaron al crear una marca distinta para cada producto, después aprendieron que construir una sola marca es mucho más valioso.

 


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